Capítulo veintiséis


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A pesar de que esa vez el cambio no resultó tan traumático como la vez anterior, salió del confesionario aturdida. Estaba claro que había cambiado de época: fuera todo estaba distinto.
«¿Habré acertado con el tiempo?», se preguntó. «¿Yago estará bien?».
Se miró los pantalones y el jersey holgado que se había puesto. Era difícil que nadie la confundiera con un muchacho, pero confiaba que el sombrero de paja ocultara sus rasgos femeninos, no era oportuno provocar algún tumulto.
Aceleró por la calle de Narrica; necesitaba llegar cuanto antes para cerciorarse de que su hijo estaba bien. No podía pensar en que no fuera así.
Debía salir por la puerta de Tierra para alcanzar el camino que la llevase a la casa de Diego. La vez anterior había hecho ese trayecto cómodamente sentada en un carruaje; ahora lo tendría que cubrir andando. No es que fuera muy largo (en su tiempo ella había hecho en innumerables ocasiones el recorrido desde la Parte Vieja hasta el barrio de El Antiguo), pero en ese momento era diferente. Ya no habría un paseo embaldosado, con edificios a un lado y la playa al otro; ahora era un paraje desolado entre bancos de arena y marismas. Agradeció en silencio el buen tiempo reinante; la falta de lluvia agilizaría sus pasos.
Al llegar a la plaza Vieja cruzó la puerta de Tierra, dejando a su izquierda el Cubo Imperial. Sorteó las diversas alturas hasta salir hacia el Camino de Hernani. Unos metros después continuó por la travesía que bordeaba el litoral, que le llevaría directamente a la casa de Diego. Le costó poco más de media hora llegar destino.
La hermosa casa-torre que perteneciera a la familia Izaguirre desde tiempos inmemoriales presentaba un aspecto cuidado, ligeramente menos sombrío que cuando la visitó en compañía de su esposo. Llamó a la puerta y esperó, impaciente.
—Buenos días. ¿Qué deseáis? —preguntó la sirvienta que acudió a abrir.
—Buenos días... —Carraspeó, tratando inútilmente de imprimir un tono más grave a su voz; estaba tan nerviosa que le resultaba imposible—. Busco al capitán Izaguirre. ¿Está en casa?
La joven sirvienta pareció dudar un momento al comprobar que Marina era una mujer vestida con pantalones.
—Sí. Si me decís vuestro nombre iré a ver si os puede atender —anunció, frunciendo el ceño ante Marina.
Ella, sin esperar a nada más, entró como una tromba. No tenía paciencia para aguardar que aquella joven la anunciase con toda pompa. Necesitaba comprobar que su hijo se encontraba bien y que estaba allí; de no ser así, era imprescindible salir a buscarlo lo antes posible.
—¡Diego! —llamó con todas sus fuerzas— ¡Diego!
—Señora, por favor… —suplicó la sirvienta.
—¿Está aquí Yago? —interrogó Marina, intranquila.
—No sé de quién me habláis, señora.
—¡Dios santo! ¿No ha venido? ¡Diego, maldita sea! ¿Dónde estás?
—¿Marina? —La voz sonó a su espalda.
Marina se giró para ver quien la había reconocido y se encontró cara a cara con doña Úrsula. Los años pasados habían sido benévolos con ella. Seguía manteniendo la majestuosidad de una reina. Los ojos grises y el cabello plateado, sujeto bajo una cofia blanca, continuaban siendo tan perspicaces como siempre.
—¡Dios mío, eres tú! —exclamó la mujer, al tiempo que se acercaba para abrazarla—. Mi querida Marina. ¡Cuánto te he echado de menos! Veo que mantienes la loca idea de vestirte como un simple mozuelo. —Ladeó la cabeza y la miró con suspicacia—. Anda, muchacha ven a mis brazos; creo que lo necesitas. Cuéntame que te ocurre; pareces alterada.
Marina se vio inmersa en un cálido abrazo y sin pretenderlo, rompió a llorar. La tía de Diego siempre había sido demasiado astuta para ella; una mujer difícil de engañar.
—¡Por Dios! ¿Qué te sucede? —inquirió la señora, preocupada—. ¿Te ha ocurrido algo? No me tengas en ascuas, muchacha; una ya no está para tener paciencia.
—¿Qué ocurre, doña Úrsula? —indagó don Hernán, colocándose unos anteojos para ver mejor—. ¡Virgen Santa! Marina…
—Mi hijo... mi hijo ha desaparecido —articuló Marina entre sollozos.
—¿Tienes un hijo? —Doña Úrsula lo pensó por un momento—. ¿Quieres decir que tengo un nieto? ¡Por el amor de Dios, Marina! ¿Qué diantre ha ocurrido?
—¿Yago? ¿Ha desaparecido? —La voz de Diego, áspera y un tanto cascada, tronó en el vestíbulo.
—¡Sí, maldita sea! ¡Vino a buscarte! —balbuceó Marina entre lágrimas, separándose de doña Úrsula—. Quería estar contigo. ¿Dónde está? ¡Maldito, tú tienes la culpa! ¡Tú le dijiste de dónde venías! Si le ha ocurrido algo… —Le señaló con un dedo— … juro por Dios que jamás te lo perdonaré. ¿Me oyes? ¡Jamás!
—Por supuesto que te oigo —se quejó él, sujetándose la cabeza con ambas manos— ¡Probablemente te estén oyendo de aquí a Cantón!
* * *
Diego se mesó el cabello, exasperado e inquieto. Tenía una resaca de los mil demonios. Desde su regreso, casi una semana antes, había estado bebiendo sistemáticamente hasta caer rendido; era la única manera de soportar la pena que le embargaba. Varias veces, durante esos días desdichados, cabalgó hasta la puerta de la iglesia de San Vicente; otras tantas, maldiciendo su situación, regresó a su casa para ahogarse en coñac. Apenas si había hablado con nadie; su tía llevaba tres días insistiendo en conversar con él, sin lograrlo. Querría hablarle de su preocupación por lo mucho que él estaba bebiendo.
Ahora Marina, frente a él, con los ojos brillantes por las lágrimas, se paseaba por la entrada de la casa, consumida por la angustia. Tenían que hablar y, sobre todo, localizar a Yago. Con un gesto ordenó a su tía que se mantuviera al margen y se llevó a su esposa a la cocina; necesitaba entender qué había sucedido para intentar solucionarlo. Notó que doña Úrsula hacía verdaderos esfuerzos para no seguirles; no dudaba ni por un instante de que tendría que darle muchas explicaciones por la existencia de Yago. Ya habría tiempo para eso. A una mirada suya, la cocinera y el ayudante salieron de allí, cerrando la puerta tras ellos. Vertió agua en una palangana y comenzó a lavarse la cara para despejarse.
—¿Qué estás haciendo? —inquirió Marina, furiosa.
—Me estoy lavando… por favor, no me grites… tengo la cabeza un tanto…
—¡Estás borracho! —El desagrado de la mujer era evidente.
—Bien, eso no es del todo cierto. Ahora no lo estoy. Tengo resaca; digamos que anoche bebí demasiado… Si me das tiempo para despejarme escucharé todo lo que tengas que decir. —Las últimas palabras salieron amortiguadas por el lienzo con el que se secaba la cara.
—¡Mi hijo está por ahí, perdido! ¿Necesitas más explicaciones? —bramó ella, fuera de sí.
—Te ruego que no grites… tengo la cabeza a punto de estallar. ¿Cómo es que ha venido? —Empezaba a impacientarse. Los últimos vestigios de borrachera habían desaparecido, remplazados por el temor a lo que podía sucederle a su hijo.
Entre reproches y maldiciones, Marina le contó lo ocurrido desde que él se marchó. Y mencionó la nota donde Yago exponía sus intenciones.
Nunca había pasado por la mente de Diego que su hijo pudiera hacer algo tan temerario. Por otro lado, ¿qué podía esperarse de un hijo de Marina y suyo?
—Entraremos en la ciudad y lo buscaremos por allí. Seguramente él no sabe que vivo extramuros —aseguró, infundiendo a su voz más aplomo del que sentía. Abrió la puerta de la cocina y, olvidando su resaca, llamó a voces a la sirvienta—. ¡Por todos los demonios! —siseó luego, sujetándose la dolorida cabeza.
—¿Llamabais, capitán? —preguntó la joven, nerviosa.
—Sí, acompaña a mi esposa a la buhardilla para que coja ropas apropiadas de su baúl. Después pide ayuda a Claudio para que lleve el arcón al dormitorio de la señora. —Diego pasó por alto la mirada sorprendida de la criada—. Gracias, eso es todo.
—No hay tiempo para cambiarme de ropa…—comenzó a protestar Marina.
—Haz lo que te pido, mujer —ordenó él con sequedad, mesándose el cabello—. No puedes ir así por la calle. Deja de rezongar y obedece de una vez.
—Eres…
—Después podrás decirme todo lo que quieras, pero ahora no. Por favor, date prisa.
Marina, echando chispas por los ojos, siguió a la atónita sirvienta.
Sin duda la llegada de su mujer y su hijo iba a causar estragos en la servidumbre, pero a Diego no le importaba. Si no fuera porque su hijo aún no había aparecido se sentiría rebosante de felicidad. Esa semana sin ellos había sido un completo infierno y la estancia de su tía Úrsula y su tío Hernán, con sus interminables preguntas sobre el paradero de Marina, lo habían vuelto medio loco.
Envió a la Santa Gabriela a un lacayo con una nota para Andrés, solicitando su presencia y la de todos los hombres disponibles, para que se reunieran con él en la puerta de Mar. Era urgente comenzar la búsqueda. Agradeció al cielo que el barco aún no hubiera partido a las Indias.
* * *
Empezaba a cansarse de buscar. A su llegada, El día anterior, se sentía muy emocionado y ansioso por localizar a su padre. Pero en seguida se hizo de noche y ya no hubo a quién preguntar por su casa en la calles medio oscuras. Después de mucho buscar un lugar donde dormir, encontró refugio en las ruinas de la iglesia de Santa María del Coro. Había pasado la noche en vela, asustado por las ratas que correteaban entre las piedras. Al amanecer, agotado, se quedó dormido y no se había despertado hasta el mediodía.
La mujer a la que preguntó por la casa de su padre le dijo que lo más probable es que estuviera hablando de la casa-torre de los Izaguirre, que estaba extramuros. Al principio pensó que podría hallarla por sí solo. Toda su vida había vivido en la Parte Vieja; no sería tan difícil salir de allí. Pasó varias horas dando vueltas por las estrechas callejuelas hasta que terminó por aceptar que no reconocía esa Parte Vieja.
Aún no había conseguido salir de las murallas. Para colmo de males otra vez se le hacía tarde, se estaba poniendo el sol. Ya no le quedaba comida.
«Tendría que haber pedido a mi madre que me diera la dirección». Se echó a reír por la tontería que acababa de pensar. Si hubiera preguntado, su madre habría sabido al momento lo que pensaba hacer y no habría dejado ni un momento de vigilarlo.
Le remordió la conciencia. Su madre estaría muy preocupada. Quizá no tendría que haber cruzado solo. Tal vez con el tiempo la habría convencido de regresar con su padre.
«No está siendo tan fácil como esperaba», pensó, mirando por encima del hombro.
Le seguían un par de tipos con pinta de rufianes. Por precaución se mantuvo cerca de otras personas, pero no siempre era posible y los viandantes, a esas horas, se recogían en sus casas. Pronto no quedaría nadie a quién arrimarse. ¿Qué haría entonces? ¿Volver a dormir en las ruinas?
Delante de él, un hombre encendía las lámparas de aceite del alumbrado público.
—Perdone, señor, ¿dónde está la puerta para salir de la ciudad? —le preguntó.
—¿Qué puerta, chico? ¿La de Tierra o la de Mar? —contestó el hombre, mostrando sus dientes negros.
—Creo que la de Tierra. Busco la casa de Diego Izaguirre... —explicó desalentado.
—¡Ah! Está al sur —informó el hombre, volviendo a su trabajo.
«¿Cómo sabré dónde está el sur por la noche?»
—Mantén el resplandor del ocaso sobre tu hombro derecho y no te perderás —aseguró el hombre, como si le hubiera leído el pensamiento—. Si sigues por la siguiente calle te llevará directamente a la puerta de Tierra. Pero debes darte prisa; pronto cerrarán la cancela para pasar la noche. Toma el camino de Hernani y después continúa bordeando la playa; te dejará al lado de la casa.
—¡Gracias! —exclamó Yago antes de echar a correr.
—¡Ah, hijo!
—¿Sí? —Paró en seco.
—Ten cuidado con los maleantes... —advirtió el hombre, mientras se dirigía a la siguiente lámpara—. Es muy peligroso andar por ahí una vez que se ha metido el sol.
—Gracias, muchas gracias —acertó a decir Yago. Y echó a correr en la dirección que le indicó el sereno.
* * *
—¿Y si no ha acertado con la época? —preguntó por enésima vez Marina—. ¿Por qué no me preocupé más de él? Estaba demasiado enfadada para fijarme en nada más...
—Deja de lamentarte tanto; no tienes la culpa. Él ha sido quien ha tomado la decisión. Recemos por que no le ocurra nada y le encontremos pronto. —Diego observó el cielo, maldiciendo entre dientes. Si no se daban prisa cerrarían todas las puertas de acceso a la ciudad y habría que abandonar la búsqueda hasta el día siguiente, a menos que pasaran la noche dentro del recinto amurallado—. Sin duda estamos muy cerca de él. Confía en mí.
Trató de no pensar en los peligros que podían acechar a su hijo solo, en un lugar tan diferente a su entorno habitual. Oró con toda su alma para que estuviera a salvo, porque en cuanto le echara la mano encima le iba a poner el trasero morado para una semana. Era un insensato por cometer semejante imprudencia. ¡Por todos los demonios! ¿En qué diablos estaba pensando ese muchacho?
Sus hombres continuaban desperdigados por toda la ciudad, escarbando hasta debajo de los adoquines para dar con él. Habían acordado que, en caso de que lo encontrasen, soltarían una andanada de pólvora desde la Santa Gabriela, para que Diego y Marina lo supieran. Aguzó los oídos, pero no percibió más que los chillidos de las gaviotas que regresaban a tierra para dormir.
Miró a su esposa, que se retorcía la falda de su vestido de brocado verde con nerviosismo.
«¡Por favor, Dios mío, no nos hagas esperar más!», suplicó en silencio.
* * *
Frente a él se extendía, como si fuera un castillo pequeño, una edificación almenada. Recordó la maqueta de la ciudad tal como era en el siglo XIX; la había visto el verano anterior en el castillo de la Mota. Aquello sería la puerta de Tierra. Suspiró de satisfacción; estaba cerca. Ni la mujer a la que preguntó ni el hombre que encendía los faroles le habían dicho que estuviera lejos una vez fuera de las murallas. Más valía que tuvieran razón, pues estaba casi completamente oscuro y dudaba mucho que hubiera alumbrado fuera de la ciudad.
Miró a su espalda, por si los dos hombres le seguían todavía. Al ver que habían desaparecido suspiró con alivio. Lo más probable es que se hubieran cansado de seguirle. Se volvió para continuar el camino.
—¡Vaya, vaya! Mira qué tenemos aquí...
Uno de aquellos hombres estaba delante de Yago y mostraba a su amigo una sonrisa desdentada. Olía como si no se hubiera bañado en años. Yago arrugó la nariz con repulsión. El sujeto era muy delgado y sus ropas estaban, a la par de sucias, muy remendadas.
—Oye, Palillo, es muy bello el muchachito... ¿Crees que la dueña de la Gaviota Azul nos dará algo por él? —preguntó el otro, relamiéndose por anticipado con su cara de ratón.
Yago aprovechó para correr con todas sus fuerzas hasta la puerta de la muralla. Si tenía suerte podía pedir ayuda a los guardias que estuvieran custodiándola allí. Aún no había dado dos pasos cuando una manaza se apoderó de su mochila y de un fuerte tirón lo lanzó al suelo.
—Muchacho, muchacho —Palillo chasqueó la lengua con censura, al tiempo que sujetaba a Yago por la pechera—. No nos hagas correr; llevamos demasiado tiempo detrás de ti como para seguir así —De un impulso lo puso de pie frente a él—. Sé buen chico, anda, y no des más la lata.
—¡Dejadme en paz, malditos cerdos! —chilló Yago y pateó a Palillo antes de lanzarse calle adelante.
—¡Demonio de crío! ¡Que no escape, Rata! —conminó el hombre a su amigo, dando saltitos con un pie, mientras se sujetaba la espinilla—. Cuando te tenga te vas a enterar, mal nacido.
Rata, aturdido, tardó un momento en reaccionar. Eso brindó a Yago una clara ventaja. Cuando estaba por alcanzar la puerta de salida oyó a su espalda la voz de Rata, que corría tras él.
—¡Guardia, guardia! ¡A ese muchacho! ¡Que se escapa!
Las charreteras del soldado brillaron contra la luz del candil que sujetaba. Antes de que Yago dijera o hiciera algo, el guardia lo apresó contra la pared.
—¿Qué ha pasado? —inquirió el soldado.
—Este muchacho mal nacido, que quiere huir de casa —le aseguró Rata.
—¿Es verdad eso? —inquirió el guardia, mirando a Yago—. ¿Te escapas de casa?
—No, ellos me perseguían...
—¡Maldito embustero! ¿Qué mal he hecho, Señor, para que me mandes a un hijo tan desagradecido? ¿Qué mal ha hecho su bendita madre para que reciba un castigo como éste? —Miró al soldado con una mueca, sacudiendo la cabeza con pesar—. Lo siento; mi hijo necesita una buena tunda para que deje de hacer maldades...
—Sí, señor, procure atarle corto —le aconsejó el soldado, sin poner en duda las palabras del hombre—. Cada día son más desobedientes.
—Claro, claro. Si un árbol no se endereza de pequeño, crecerá torcido —sentenció Rata, ocultando la sonrisa de satisfacción que cruzaba su cara sucia.
—¡No, no! ¡Él está mintiendo! ¡Yo no soy su hijo! —exclamó Yago al borde del llanto.
—¿Cómo te atreves a decir algo así? Tu pobre madre se moriría de pena si te oyera. Bueno, volvamos a casa antes de que ella te eche de menos. Buenas noches, soldado.
Rata se cargó a Yago al hombro, aguantando las patadas y puñetazos que el niño le endilgaba a cada paso, y se alejó de la puerta de Tierra para regresar junto a su amigo, que le esperaba más adelante con la espada desenvainada.
Yago gritó hasta desgañitarse pidiendo socorro, pero nadie salió en su ayuda por las calles desiertas. Lloraba desconsoladamente; no albergaba la menor duda de que aquellos seres le harían daño. En su ansia de hacerse oír renovó los chillidos
—Toma, maldito mocoso y calla ya. —Palillo le arreó un golpe en la cabeza con la empuñadura de su arma.
La oscuridad llenó a Yago, que se perdió en la inconsciencia.
* * *
—¿Has oído esos gritos? Vienen de la calle de atrás. Juraría que es Yago —aseguró Diego—. Vamos, no está muy lejos.
Marina siguió a su marido en pos de los chillidos que acababan de oír. El corazón le retumbaba en el pecho. Al girar hacia esa calle se decepcionaron al no ver a nadie. ¿Dónde estaba?
—Estarán en la otra calle. ¿No oyes los pasos? —le preguntó Diego.
Marina puso todo su empeño en escuchar atentamente. Al fin percibió el tenue sonido de unas pisadas en los adoquines. Para entonces Diego corría, alfanje en mano, tras los pasos de su hijo. Ella no perdió ni un segundo en seguirle con las faldas arremangadas hasta las rodillas y resollando por el apretado corsé, al que ya no estaba habituada. A punto de girar en la esquina llegó hasta sus oídos el sonido de los aceros chocando entre sí.
Marina se acercó a mirar, cuidando de no ser vista. Su hijo yacía en el suelo, como sin vida; a su lado, dos sujetos lanzaban mandobles contra Diego y éste los paraba con maestría, atacando a su vez con frialdad. Las hojas de las espadas y el alfanje brillaban con la luz de las farolas y resonaban en el silencio de la callejuela, sin visos de parar.
—¡Dios mío, Dios mío! —imploró Marina, con lágrimas en los ojos.
Eran dos contra uno y temía que Diego no pudiera con ellos. De momento los controlaba, pero ¿durante cuánto tiempo?
«Por favor, que sus hombres nos encuentren pronto», rezó, pegada a la pared de piedra. «Por favor…»
Se volvió por si veía venir por aquella calle a los marineros de la Santa Gabriela. Y en ese momento se oyó un gemido entre los combatientes. Se giró con celeridad, temiendo que fuera su marido el que se dolía. Uno de los agresores, el más flaco, estaba en el suelo, sujetándose el vientre con las dos manos ensangrentadas. El otro continuaba luchando, aunque no con tanta seguridad como al principio; era evidente el temor que le inspiraba la hoja manchada de sangre que blandía su rival. A pesar de eso, la contienda no parecía que fuera a acabar nunca.
Ya había oscurecido completamente. Yago continuaba inerte en los adoquines. No se movía y la luz escasa de las farolas no permitía ver si vivía o no. Marina sentía las uñas clavadas en las palmas de sus manos por tanto apretar los puños. Necesitaba saber si estaba bien y acercarse hasta él era impensable mientras siguieran luchando.
—¡Rendíos de una vez, maldito! —Oyó que ordenaba Diego.
—¿Y acabar frente al preboste? ¿Acaso pensáis que estoy loco? —barbotó el hombre.
—¿Aita? —La voz quejumbrosa de Yago llegó hasta sus oídos.
Su padre trastabilló al oírla. Su oponente, envalentonado, aprovechó el momento para abalanzarse sobre él con la espada preparada para atravesarle. Gracias a sus agudos reflejos, Diego consiguió rechazar la cuchilla y dominar el ataque.
Marina estaba tan pendiente de su marido que no vio al otro hombre levantarse del suelo hasta que fue demasiado tarde.
—Tirad el alfanje. —La orden sonó a la espalda de Diego—. Volveos y no tendré que hacer uso de ésta.
Estaba de pie a unos pasos del capitán y apuntaba con una pistola a Yago, que miraba el arma con los ojos desorbitados.
Marina ahogó un grito, segura de que en ese momento su marido no necesitaba más distracciones, y se mordió los nudillos en un esfuerzo por calmarse. Se giró rápidamente para ocultarse mejor tras la esquina de la casa e impedir que Yago, al verla, hiciera alguna cosa que alertase a los maleantes. Al momento oyó claramente el sonido del metal al chocar contra el empedrado y se asomó un poco para ver lo que estaba sucediendo.
Diego, con el alfanje a sus pies, mantenía los brazos a los costados, mirando al hombre que se desangraba sin dejar de apuntar a su hijo.
—Dejad que el niño se vaya y no os denunciaré al preboste —propuso su marido.
—Ahora, no estáis en posición de ordenar nada —declaró el que tenía la espada. Se acercó a Yago por detrás de Diego—. Nos llevaremos al muchacho, tal como teníamos previsto antes de que llegarais a estropearnos el negocio.
—¡No! —gritó Yago, asustado—. ¡Aita, no dejes que me lleven!
Diego, sin pensarlo, se arrojó sobre el que tenía la pistola. El hombre se balanceaba por el agotamiento y por la sangre que manaba de la herida del vientre.
Se oyeron dos detonaciones casi simultáneas. Durante unos segundos el humo de la pólvora lo cubrió todo.
Marina se giró para mirar a su espalda. Los oídos le silbaban como una cafetera loca. Junto a ella, maese Andrés empuñaba una pistola aún humeante, con la vista clavada en el hombre que permanecía en pie en medio de la calle, tras Marina.
—¡No os he oído llegar! —gritó por encima del zumbido que taladraba sus tímpanos.
Lo vio mirarla y mover los labios pero apenas pudo oír nada. Aturdida, se volvió para comprobar lo ocurrido. Tirado en el centro de la calle, el hombre de la pistola se desangraba sobre los adoquines. El otro rufián había salido corriendo calle adelante, pero los hombres de la Santa Gabriela lo habían apresado y lo traían a punta de alfanje. Diego estaba arrodillado junto a su hijo. Marina echó a correr y se dejó caer en el suelo, junto a Yago.
—¡Dios mío, hijo! Que cerca hemos estado de perderte —murmuró Marina y le acarició la cara. Aunque de forma débil, poco a poco estaba recuperando el sentido auditivo.
* * *
—¿Ama...? ¡Ama! —pronunció el niño con sorpresa—. ¿Qué haces aquí? —preguntó después, con un chillido.
—He venido a buscarte —articuló Marina, reprimiendo las lagrimas.
—¿Estás muy enfadada conmigo? —susurró Yago, avergonzado.
—Creo, jovencito, que éste no es el mejor lugar para discutir ese particular —sentenció Diego, tratando de parecer severo—. En cuanto lleguemos a casa tú y yo tendremos una seria conversación.
—Capitán, ¿está bien el muchacho? —preguntó maese Andrés en pie junto a ellos.
—Bien parece que sí. Gracias por tu ayuda; me has salvado la vida. —Diego trató de palmearle la espalda con camaradería, pero descubrió que tenía el brazo izquierdo herido y no logró hacerlo. Fingiendo naturalidad, se alejó un poco de Marina y de su hijo para hablar con Andrés—. Parece que al abalanzarme sobre el hombre la bala me ha atravesado el hombro —murmuró. Aceptó el pañuelo que le tendía su amigo para absorber la sangre que brotaba de las heridas—. Gracias. Creo que será mejor que nos demos prisa. Probablemente tengamos que sobornar a los soldados de las puertas para que nos dejen salir de aquí.
—Probablemente así sea. Ya es de noche… —corroboró Andrés y se volvió para ayudar a Marina que permanecía arrodillada junto al muchacho—. Me alegro mucho de volver a verte, muchacha…
—Lo mismo digo, maese Andrés. Muchas gracias por vuestra ayuda.
El hombre agitó una mano en el aire, como restando importancia a su contribución.
—Ama, me duele el brazo… —se quejó Yago—. ¡Tengo sangre! Amaama… estoy sangrando —gritó, contemplándose la mano manchada de sangre con espanto.
A la luz tenue del farol se apreciaba, en la camiseta oscura, una mancha brillante a la altura del hombro derecho.
—¡Dios mío! Mi niño… —articuló Marina—. Diego, ¡ay, Dios!, está herido…
—Calma, nos vamos ahora mismo… se salvará —garantizó él con firmeza.
—¡Dios bendito! La bala le dio…a él también —murmuró el maestro de armas, consternado.
—¿Cómo que también? —preguntó Marina.
—Andrés, regresad al barco antes de que os cierren la puerta del Mar; yo iré al galeno con mi hijo. Por favor, Andrés… hazme caso —insistió cuando su amigo intento protestar.
—¡Dios Santo, Diego! —gimió la mujer—. Estás herido.
—No te preocupes, sirena, nos pondremos bien —aseguró Diego. Y trató de desgarrar los faldones de su camisa para hacer un vendaje improvisado, hasta que pudieran atender mejor al niño.
—Deja, yo tengo más tela —aseguró Marina, mientras desgarraba una de las enaguas que llevaba bajo la falda—. Lo he visto hacer muchas veces… ¡Por el amor de Dios! ¿Qué tonterías estoy pensando?
—Deja que te ayude —pidió Diego—. Entre los dos lo haremos más rápido.
Cuando tenían la cantidad suficiente de tiras, el capitán vendó la herida de su hijo y dejó que Andrés vendase la suya.
—Esto te permitirá llegar hasta la casa del galeno… —dijo el artillero al terminar—. Deja que lleve yo al niño, tú no estás para eso.
—Gracias, pero no hace falta. Ve con los hombres al preboste y entrega a esos tipos.
Diego, sin prestar atención a su propio dolor, cargó en brazos a su hijo y emprendieron el camino. La palidez mortal de la cara del niño ponía en relieve su pésimo estado. Era imprescindible llegar lo antes posible a la iglesia de San Vicente para regresar al futuro, donde contaban con más medios con los que extraer la bala. Confiaba en que Alex pudiera ayudarles. Miró a su esposa, preocupado.
—¿Cómo tienes el brazo? —indagó Marina—. ¿Te duele?
—No te preocupes por ello ahora, sirena. La venda impide que me moleste demasiado. Démonos prisa.
Era cierto, pero más que por la venda era por la infinita preocupación que le corroía. ¿Cómo perder el tiempo inquietándose por él, estando su hijo tan mal?
Más adelante la calle desembocaba en la puerta de la iglesia. Apretó los dientes para resistir la punzada en el brazo. Yago empezaba a perder la conciencia. Sin esperar a que Marina los alcanzase, corrió a la entrada del templo.
Dentro todo estaba oscuro; la vela del altar permitía distinguir los contornos de los bancos.
Con el corazón bombeando a toda velocidad, penetró en el confesionario y se acomodó con su hijo en brazos. Yago gemía a cada movimiento y Diego ahogó una colorida maldición por infligirle más daño. Un instante más tarde entraba su esposa, jadeando por la carrera. Se apiñaron como pudieron en el reducido espacio.
—De… debemos… pensar en… aquel tiempo… para poder lograrlo —balbució Marina entre jadeos, aferrándose a los dos.
Por el amor de Dios, tenía que salir bien…
—Per tempore —susurraron al unísono con las manos agarradas.
Esperaron con los ojos cerrados a que todo comenzase a moverse, pero no ocurrió nada. Sus miradas expresaban perplejidad.
—Per tempore —repitieron, angustiados.
¿Qué demonios pasaba?
—No funciona… quizá no podamos hacerlo los tres a la vez… —sugirió Marina—. Ve tú primero con Yago, yo os seguiré —anunció y salió del confesionario como una exhalación.
No tenían tiempo que perder; cada segundo era valioso. Diego se concentró en el futuro y en Alex antes de recitar las palabras.
El mueble siguió quieto e inofensivo.
¡Por Dios! No podía estar ocurriendo eso. Era necesario que funcionase. Él no estaba capacitado para atender a su hijo. Si bien no sería la primera vez que operaba para extraer un proyectil, con un brazo herido se veía incapaz de hacerlo. La sola idea de quitar la bala al niño le producía escalofríos.
Si no podían hacer ese salto en el tiempo…
—¿Qué sucede? —Su esposa asomó por la puerta del confesionario; él intuyó, pues apenas había luz, que sus ojos verdes estaban dilatados por el terror—. ¿Qué estamos haciendo mal?
—Prueba tú sola, pero creo que ya no funciona…
Diego salió del mueble, ahogando un gemido ante la punzada de dolor que sintió al cargar a su hijo inconsciente. Una vez fuera permaneció en pie mientras Marina intentaba atravesar el tiempo. Notaba el sudor deslizándose por el centro de la espalda. La sangre fluía por sus venas como un torrente desbocado. Sentía el furioso latido en los oídos, en el brazo, en los ojos y en el vientre. Tenía miedo. Un miedo cerval como nunca había experimentado. Se sentía impotente.
«¿Por qué? ¿Por qué a Yago?», se preguntó en silencio.
Estaban perdiendo el tiempo; si el confesionario no funcionaba deberían buscar al galeno lo antes posible.
Marina salió del mueble.
—No funciona… hemos de buscar un médico… —murmuró, acongojada—. Tú no estás en condiciones de atenderlo. También estás herido.
—Lo mío no tiene la menor importancia… ahora es vital encontrar al galeno.
Con Yago inconsciente en los brazos, Diego abandonó la iglesia seguido por su esposa. Sabía que el doctor vivía en la calle Esterlines por lo que cruzaron la ciudad de norte a sur, sorteando a algún que otro borracho que encontraron en el camino. A la luz de los faroles el improvisado vendaje se veía teñido de sangre y el semblante de su hijo, cada vez más cetrino. Hasta él notaba que las fuerzas abandonaban su brazo izquierdo. No había tiempo que perder.
Unos minutos más tarde se detenían frente a la casa del médico. Diego se sentía al borde del colapso. Marina golpeó la puerta de entrada repetidas veces. Les abrió una mujer maciza, de poco más de treinta años y elevada estatura, que se limpiaba las manos en un delantal.
—¿Qué se os ofrece? —preguntó antes de reparar en Yago—. ¡Válgame Dios, está herido! Pasen, pasen vuestras mercedes… llamaré a don Pablo, pero dudo que esté en condiciones de poder hacer algo. —Chasqueó la lengua como si no estuviera de acuerdo con las disposiciones del señor de la casa.
—¿Cómo es eso? —indagó Diego, asombrado; no conocía personalmente a don Pablo, pero tenía muy buenas referencias sobre él.
—Mi señor ha estado bebiendo desde que su esposa y su hijita le abandonaron, hace cuatro meses… apenas atiende a sus pacientes… —informó la mujer, contrariada—. Ahora estará durmiendo la mona.
—Lo siento mucho, pero mi hijo necesita su ayuda ahora mismo —anunció Marina, sujetando a Yago para aliviar a su marido del peso—. Haced el favor de ir a buscarlo en seguida; de lo contrario iré yo misma. Como podéis ver, necesitamos de sus conocimientos.
La mujer abrió aún más la puerta para dejarles pasar.
—Pasen vuestras mercedes, si hacen el favor. Ahí está el consultorio. —Señaló una puerta y subió rápidamente la escalera que llevaba a la planta superior.
Casi al momento se oyeron un montón de improperios, lanzados por una voz masculina malhumorada y gangosa.
* * *
Marina no podía esperar más; su hijo estaba mal herido. Incomprensiblemente y contra todo pronostico, no habían podido trasladarse en el tiempo, donde Alex les habría ayudado. Tal vez el confesionario ya no funcionaba. Quizá estaban condenados a permanecer en el presente siglo sin poder salir de allí. Si bien en el fondo de su corazón deseaba compartir la vida con su marido y su hijo, dondequiera estuvieran, temía que ellos no salieran bien librados del disparo. ¿Por qué tardaba tanto el maldito médico?
Entre Diego y ella tumbaron a Yago en una mesa en el centro de la habitación. Luego él procedió a encender todos los candiles que había en el cuarto, para la estancia iluminar todo lo posible.
—Voy a ver por qué tarda tanto en bajar…
Marina, sin poder esperar más tiempo, tomó una palmatoria para alumbrarse el camino y voló por las escaleras, con las faldas remangadas hasta la rodilla.
—¡He dicho que me dejes en paz, mujer! No quiero ver a nadie… —clamó una voz masculina, desde el interior de una de las puertas del rellano—. No me importa quién esté herido. A ellos tampoco les importó acusar a mi querida Juliana de brujería. Ahora, pues, que se arreglen como puedan. No quiero saber nada más, Petra. Te ruego que te largues de una vez y me dejes en paz. Quiero dormir.
—Pero don Pablo, es un niño herido… —se oyó suplicar a la criada.
Marina abrió la puerta sin llamar. Estaba dispuesta a arrastrar a ese hombre insensible hasta la planta baja. La angustia que llevaba sintiendo desde que descubriera la carta de Yago, el día anterior, se estaba tornando peligrosamente en enfado.
El dormitorio apestaba a licor como una destilería. En la mesita de noche descansaba un par de botellas vacías, junto a un plato con los restos de la cena, intactos.
—¿Quién demonios sois vos? —bramó el hombre cuando ella entró en el dormitorio. Se incorporó en la cama, sujetándose la cabeza— ¡Por Dios, me va a estallar! ¿Cómo os atrevéis a entrar en mi alcoba de esa manera? ¿Acaso, no tenéis modales, buena mujer?
Era un hombre joven, de unos cuarenta años. Tenía el pelo castaño, enmarañado como un nido de pájaros; los ojos oscuros, inyectados en sangre, la miraban con irritación por haber sido privado de su descanso; tenía la piel macilenta y se lo veía muy delgado.
—No tengo tiempo para buenas maneras. —Le clavó la mirada—. Mi hijo está ahí abajo, con una bala alojada en el hombro; necesita ayuda.
—Olvidaos de mí y dejadme descansar… —concluyó él, antes de recostarse de nuevo.
—Nada de eso. Sois galeno y vuestro deber es ayudar a los enfermos…
—Ya no.
—Ya no ¿qué? —preguntó, irritada, e hizo acopio de paciencia.
—Ya no me dedico a eso —contestó, escueto.
—Ya veo, ¡ahora os dedicáis a mirar en el fondo de una botella! —siseó furiosa—. Me da igual lo que le pase. Quiero que bajéis ahora mismo y tratéis de curar a mi hijo y a mi marido.
—Si no… ¿qué? —preguntó el médico, sarcástico.
—Si no, ¡juro por Dios que os sacaré la piel a tiras! —amenazó Marina, con los dientes apretados—. Mi hijo ha perdido mucha sangre…
—No es mi problema…
¡Al diablo con la paciencia!, pensó, desesperada, y dejó la palmatoria en una mesita de noche.
—¡Maldito borracho! —le cortó antes de agarrarlo por las solapas de la camisa y zarandearlo—. Levantaos de una vez.
—¡Por el amor de Dios, señora! Tengo la cabeza demasiado dolorida para soportar este trato.
—Si no bajáis ahora mismo para atender a mi familia, juro por Dios que os mataré de la manera más lenta y dolorosa que se me ocurra —masculló con las manos crispadas.
El hombre la ignoró por completo; permanecía impasible, sin apartar la mirada de la pared de enfrente. Cuando ella ya no creía aguantar más tiempo sin abalanzarse contra aquel ser insensible, el galeno cabeceó, aprobador. Esbozando una tímida sonrisa, apartó las sábanas de la cama para levantarse.
—Veo que no cejaréis en el empeño. No os aseguro que esté en condiciones de hacerlo… me tiemblan demasiado… —observó, girando las manos, desmoralizado—. Espero, por el bien de su hijo, que no tengamos que arrepentirnos de mi intervención…
—Ruego a Dios que eso no suceda. —Marina se estremeció, temiendo la peor—. Mi marido puede ayudaros; tiene conocimientos de medicina… Por favor, no os retraséis.
Y regresó junto a Diego y su hijo, mientras Petra se dirigía a la cocina.
En el consultorio el niño, desnudo de cintura para arriba, yacía desmayado en la mesa. Diego ya había retirado el vendaje sucio y limpiaba con infinito cuidado los bordes de la herida con un lienzo. Estaba muy demacrado y tenía la piel de la frente perlada de sudor. El improvisado vendaje de su brazo, se había empapado de sangre; en la manga de la chaqueta negra se apreciaba una mancha oscura que se extendía cada vez más.
—Sigues sangrando…
—No te preocupes ahora por eso, sirena. ¿Don Pablo baja ya? —inquirió, en tanto aclaraba el lienzo en una palangana.
—Espero que sí. ¿Cómo está? —indagó ella con temor, acercándose a la mesa—. Lo veo tan pálido… tengo mucho miedo, Diego. Si hubiéramos podido regresar… ¿Por qué no ha sido así? ¿Qué ha fallado?
—No lo sé… no dejo de pensar en ello y no logró descifrar la razón —se mesó el cabello sin reparar en las manos sucias de sangre—. Me atrevo a pensar… —Calló mirando a su hijo.
—¿Qué?
—No sé, puede que sea una tontería…
—¿Dónde está el paciente?
La pregunta del médico cortó la conversación. El hombre tenía el cabello húmedo y se había cambiado la camisa sucia por otra limpia. Llevaba los faldones por fuera, sin remeter por las calzas, como si se hubiera vestido a toda velocidad, sin preocuparse mucho por su aspecto. Marina le agradeció en su fuero interno esa consideración.
Tanto Diego como ella se apartaron para dejar sitio a don Pablo, que comenzó a inspeccionar, primero titubeante y luego con manos expertas, el agujero redondo que el proyectil había hecho en la carne de Yago.
—Será mejor que vengáis conmigo, señora… —recomendó Petra, que había entrado tras el médico. Cogió a Marina del codo y la arrastró fuera de la habitación—. Una taza de chocolate os ayudará con la espera.
—No… yo… —comenzó a protestar.
—Vete, sirena, por favor; nosotros nos ocuparemos de Yago —ordenó Diego fijos en ella los ojos acerados—. Te avisaré en cuanto acabemos.
—Pero tu herida…
—Puede esperar un rato más. Vete, por favor.
Marina afirmó con la cabeza antes de abandonar el consultorio, arrastrando los pies. Sabía que su marido cuidaría de que el galeno hiciera bien su trabajo; Yago estaba en buenas manos.
Un pequeño pasillo les condujo a una cocina limpia y espaciosa. La iluminaban las llamas del hogar y varios candiles colgados de las paredes. La criada trajinó por la estancia y no tardó en tener preparado un chocolate caliente en un tazón de porcelana, que puso en las manos heladas de Marina. No supo que tenía frío hasta que sintió el calor que emanaba de aquella taza.
—Tomad asiento y no os preocupéis, señora; don Pablo curará a vuestro hijo. Es un buen médico —aseguró Petra—. Bebed un poco, os sentará bien.
—No creo que lo sea por mucho tiempo si continúa bebiendo de ese modo… —vaticinó Marina con sarcasmo.
Pese a las horas trascurridas desde que había desayunado en su propia casa, se sentía incapaz de tomar nada. Era como tener un tapón en la garganta que le impidiera comer.
Fingió que bebía un sorbo de chocolate para que la mujer no siguiera insistiendo. Parecía algo más joven que la propia Marina, pero tenía la personalidad de una gobernanta inflexible. Abandonó la taza en una mesa adyacente y se levantó, presa de malos augurios.
En esos tiempos era posible que Yago no sobreviviera al disparo. Tal vez el mal pulso del galeno provocara daños irreparables en su hombro; se podía infectar la herida a falta de antibióticos que lo atajasen; la pérdida de sangre podía…
—No penséis más, señora —aconsejó Petra, como si adivinase los agoreros pensamientos de Marina—. Mi señor hará todo lo posible por salvarlo.
—Eso espero —susurró ella, acongojada, y se retorció las manos con los nervios a flor de piel.
Paseó inquieta por la estancia, rogando al cielo por la recuperación de su hijo y de su marido. La mera sugerencia de lo contrario era demasiado dolorosa y escalofriante. ¿Cómo podría vivir sin ellos? Su destino no le jugaría esa mala pasada. No podía ser ¡Dios, por favor! Ellos eran sus únicos familiares. Su vida. Sin ellos a su lado…
Torturándose con esos pensamientos perdió la noción del tiempo. Debía dejar de pensar de manera tan pesimista. Era primordial conservar la esperanza.
—Don Pablo, ¿es un buen médico? —se atrevió a preguntar más tarde.
—Os aseguro que es un excelente galeno. Si bebe tanto es porque está rabioso. Todo era distinto cuando vivía aquí mi señora doña Juliana, con la preciosa Micaela. —La sirvienta cerró los ojos al evocar aquellos recuerdos y se llevó las manos unidas a la cintura—. Ella, mi señora, también habría podido ayudar a vuestro hijo.
—¿Por qué se marchó? —indagó Marina, más por distraerse que por el interés que pudiera suscitarle la vida del alcoholizado médico—. ¿Se hartó de vivir con un borracho?
—Os ruego que no habléis así de don Pablo —solicitó Petra, con los ojos llameantes.
—Lo siento, perdonadme —se disculpó, contrita—. Continuad, por favor…
—Doña Juliana era curandera —explicó la mujer, con un cabeceo satisfecho—. Conocía todas las plantas que crecían por los montes y sabía utilizarlas… también tenía poderes…
—¿Poderes? —Atraída por las palabras de la mujer, Marina se sentó a su lado cerca del hogar.
—Sí. Con sólo tocar a una persona podía saber qué dolencias tenía y así sanarlas… —Sonrió con cariño—. Venían gentes desde muy lejos para que ella les ayudase. Parecía que le tenían aprecio…
—¿Qué pasó?
—¿Cómo saberlo? —Chasqueó la lengua, enfadada—. Supongo que fue la envidia ¿qué, si no? Las mismas personas que venían a exigir su ayuda la tacharon de bruja y mandaron llamar al comisario de la Santa Inquisición. Mi señora huyó durante la noche y se llevó a la pequeña Micaela consigo. Don Pablo cabalgó días enteros hasta caer exhausto, sin lograr dar con ellas; a su regreso comenzó a beber. Y desde entonces y no ha dejado de hacerlo… Por eso os ruego, señora, que no le juzguéis tan duramente.
Marina sintió los ojos de Petra fijos en los suyos y bajó la mirada, un tanto avergonzada por sojuzgar antes de conocer las circunstancias de cada uno. Pensó en una disculpa, pero las palabras murieron en sus labios sin haberlas pronunciado: La puerta de la cocina se abría para dar a don Pablo.
—¿Cómo está? —barbotó, nerviosa.
—Hemos sacado la bala y ya le he suturado la herida —anunció, cansado—. Ahora todo está en manos de Dios… No, gracias, Petra —dijo el galeno, ante la taza de chocolate que la sirvienta le ofrecía—. Necesito algo más fuerte... Deja de mirarme así; me he ganado el derecho de un poco de licor —aseguró, pues la sirvienta le lanzaba una mirada reprobadora.
—Gracias… —murmuró Marina, aliviada—. ¿Y mi marido?
—La bala le atravesó el brazo, pero por fortuna no tocó el hueso. En unos días estará bien. ¿Satisfecha?
—¿Y vos? —inquirió sin dejarse intimidar—. ¿No estáis vos satisfecho, también?
El galeno se limitó a asentir, al tiempo que sacaba una botella de coñac de una alacena de la cocina y se servía una generosa cantidad en un vaso de peltre.
—Lo estoy, señora, lo estoy —Alzó el recipiente en un remedo de brindis antes de llevárselo a la boca y apurar el contenido de un solo trago.
* * *
Diego se sentía exhausto. El alcohol consumido en los últimos días y las dos heridas del brazo, le estaban pasando factura. Se peinó con los dedos, rogando a Dios que interviniera por Yago. Si bien la bala había sido extraída entera, eso no excluía la posibilidad de que el pus hiciera acto de presencia. ¡Maldición! Habría querido disponer de todas esas medicinas modernas, a las que tanto ponderaba Marina, para que evitaran la infección y ayudaran a cicatrizar la herida. El proyectil no había causado daños irreparables y lo más seguro es que Yago pudiera volver a utilizar el brazo derecho con total normalidad.
—¡Quiera Dios que así sea! —exclamó mientras acariciaba los cabellos suaves y renegridos de su hijo—. No puedo perderte.
El niño ni siquiera se movió; seguía dormido bajo los efectos del láudano que le habían administrado. El vendaje cubría en diagonal parte de su torso. Acercó una silla, pues se sentía demasiado cansado para continuar de pie. Oyó pasos que se acercaban rápidamente por el pasillo. Al momento Marina cruzó el umbral con el semblante acongojado.
—¿Qué tal está?
—De momento sigue dormido, tendremos que esperar… —explicó él, tratando de no evidenciar el miedo que corroía sus entrañas—. Ven, sirena, siéntate conmigo; necesito abrazarte.
Por un instante pareció que su esposa se iba a negar, por estar excesivamente alterada e incapaz de estarse quieta, pero avanzó unos pasos y se sentó en el regazo de Diego.
—Tengo tanto miedo… Siento como si se hubieran cumplido mis mayores temores…
—Lo sé —aseguró él, acariciando el pelo rojo de su esposa—. Tengo fe en que se recupere sin secuelas. La bala no penetró muy hondo y no ha causado demasiados daños internos.
—Después de atravesar tu brazo perdió fuerza… El médico ha dicho que tus heridas se curarán en unos días…
Diego asintió. Le dolían como mil demonios, pero no creía que fueran a causarle muchos quebraderos de cabeza.
—Tu intervención le ha salvado la vida —sostuvo Marina. Señaló al niño—. La bala iba dirigida a él… —Su voz se quebró y rompió a llorar.
Diego trató de consolarla, negándose a llorar él también. Uno de los dos debía mantener la fortaleza. Le había tocado a él. Marina necesitaba su apoyo y energía. Cuando todo estuviera solucionado y no fuera más que una triste anécdota podría dar rienda suelta a todo el desasosiego que le ahogaba por dentro. Permanecieron un rato abrazados, en silencio.
—Antes de que bajara el médico estabas a punto de decirme algo… —dijo Marina, cortando sus pensamientos— ¿Te acuerdas? Era algo sobre el confesionario… Sobre su falta de funcionamiento…
Diego se mantuvo unos minutos en silencio. Una idea le venía a la cabeza una y otra vez. Era muy extraño que ninguno de los tres hubiera podido trasladarse en el tiempo, por lo que se le ocurría imaginar que tal vez el destino de ellos era permanecer en aquella época; que por ese motivo Marina se había desplazado accidentalmente al siglo XVIII. Ella misma le había contado lo mucho que le costó regresar a su tiempo, hacía ya trece años.
—Respóndeme a una pregunta, por favor. Esta vez, cuando has venido aquí, ¿te ha costado mucho? —indagó, entrecerrando los ojos.
—Pues… ahora que lo dices, no —respondió ella, frunciendo el ceño intrigada—. ¿Por qué lo preguntas?
—Tengo la extraña teoría de que quizá tu destino y el mío era permanecer juntos en este siglo… Por eso ha sido tan fácil volver aquí y ahora es imposible regresar a tu época —explicó, con los ojos acerados clavados en los de ella.
—En ese caso ¿cómo es que tú pudiste ir al, futuro? —preguntó, no muy convencida.
—Tal vez, porque esa era la única manera de que tú volvieras aquí. ¿Me equivoco al pensar que no se te habría ocurrido intentar regresar a esta época? —Alzó una ceja.
—No, desde luego que no. Te imaginaba muerto… —murmuró, cabizbaja.
—Me alegro de que no fuera así. Pero te puedo asegurar que esta semana, desde que regresé, me ha parecido estarlo —declaró, poniendo un dedo bajo la barbilla de su esposa para obligarla a mirarlo—. Te quiero y soy incapaz de vivir sin ti. Todo va a salir bien. Yago se recuperará, te lo prometo.
—Pero hay tantas posibilidades de que se le infecte la herida…
—Shhh. Él es un muchacho fuerte y sano. Se recobrará, sirena. Ya lo verás.
* * *
Por la noche, ya de nuevo en la casa-torre de los Izaguirre, a Yago le subió la temperatura y comenzó a delirar. De vez en cuando su cuerpo se arqueaba, preso de fuertes convulsiones, y sus manos se crispaban en el colchón. Tanto Diego como Marina se turnaban para aplicar compresas de agua fría sobre el cuerpo del enfermo, cuidando de no mojar el vendaje. En la cocina, doña Úrsula se paseaba inquieta, rezando por la recuperación del niño y de su sobrino. Estaba tan contenta de tener un nieto que no podía creerlo. En cuanto estuviera fuera de peligro, Marina y Diego tendrían muchas respuestas que dar. No podía creer que la hubieran dejado en la ignorancia tantos años…
—Tía Úrsula, ¿qué haces levantada a estas horas? —indagó Diego, al entrar en la cocina—. No queda mucho para el amanecer.
—No podía dormir. ¿Cómo está el niño? —solicitó, con las manos apretadas en la cintura.
—La fiebre está debilitándole. He venido para subir la bañera. En una ocasión Marina consiguió que a mí me bajara con un baño de agua tibia. Espero que surta el mismo efecto en Yago —murmuró por lo bajo.
—Si quieres, podría ir subiendo el agua para llenar la bañera… —se ofreció, deseosa de ayudar—. No hace falta que despertemos a los criados.
—Gracias, sería estupendo —manifestó Diego, acarreando la bañera de cobre.
—Buenos días. Permíteme que te ayude, sobrino —dijo don Hernán al entrar en la cocina—. Entre los dos será más fácil. No conviene que hagas trabajar mucho a ese brazo, si quieres que sane bien.
—Gracias, tío. ¿Vos tampoco podíais dormir?
—A mi edad el sueño me rehúye la mayoría de las noches, pero tras los acontecimientos de ayer… ¡Virgen Santa! —exclamó con los ojos llorosos. Compungido, sacudió la cabeza—. Démonos prisa en subir esta bañera; el pequeño nos está esperando. Intuyo que ese niño será una alegría para todos nosotros.
Diego se limitó a asentir con la cabeza, pero doña Úrsula pudo apreciar claramente que las palabras de su marido le habían conmovido.
* * *
En los tres días pasados desde que Yago fue herido Marina apenas había dormido. Notaba los brazos como si fueran de plomo. Diego, renuente, se acababa de ir al dormitorio de al lado para dormir un poco.
Con paso cansino se acercó a la ventana y observó la luna menguante a través de los cristales entornados. Se abrigó mejor con el chal de lana para guarecerse de la humedad de esa madrugada, particularmente fresca, y se volvió a mirar a su hijo, que yacía dormido en la cama. Se lo veía tan demacrado y enflaquecido que acongojaba de sólo mirarlo. La fiebre, irreducible por el momento, seguía minando sus fuerzas con su agotadora calentura. Los baños no habían conseguido que bajase tanto como hubieran deseado, pero al menos la mantenían casi controlada.
Al girarse para otear el firmamento pudo ver varias estrellas fugaces.
Las Perseidas de agosto —murmuró con una melancólica sonrisa, recordando las veces que las había buscado junto a su abuelo, tumbada en la cubierta del Sirena—. Por favor, que sane Yago —suplicó al ver que otra estrella fugaz cruzaba la negrura del firmamento—. Eres una ilusa: ¡pidiendo deseos a las estrellas! —se amonestó y se abrazó a si misma.
Con los hombros hundidos, regresó junto al lecho de su hijo y se dejó caer a su lado en una silla, dispuesta a seguir velándole. Poco a poco el cansancio pudo con ella y se quedó dormida con los brazos apoyados en la cama.
—Agua… agua —oyó entre sueños minutos después—. Ama, tengo sed…
—Dios mío —susurró, con los ojos desmesuradamente abiertos. Se levantó de un salto, olvidado ya el anterior cansancio—. Ahora mismo te doy agua. Yago, cariño… —le tocó la frente y la encontró fresca y perlada de sudor—, ya no tienes fiebre.
Con cuidado le acercó un vaso con agua a los labios resecos y con el otro brazo le ayudó a incorporarse para que pudiera beber mejor.
—Despacio, cielo, no te atragantes.
Sentía el corazón latir a mil por hora. ¡Su hijo se iba a recuperar! No veía la hora de contárselo a Diego y a los otros. Tenía ganas de bailar de gozo y de pura felicidad. Yago apartó la boca del vaso y cerró los ojos, visiblemente agotado. Marina lo arropó un poco, para que el aire que entraba por la ventana abierta no lo enfriase, y llamó a su marido a voces.
Al instante Diego entró como una tromba en el dormitorio. El pelo revuelto caía sobre los hombros desnudos; el vendaje blanco resaltaba sobre su piel morena como un brazalete y el pantalón medio abrochado pendía precariamente de sus caderas. En sus ojos acerados se transparentaba la inquietud y el temor por la salud de su hijo. Nunca se había parecido tanto a un pirata, ni lo había visto tan atractivo como en ese momento. Lo vio acercarse a la cama a zancadas grandes y ágiles.
—No tiene fiebre —consiguió articular, prendida en el gris de aquellos ojos, cuando él se arrodilló a su lado—. Está mejor…
—Dios santo, sirena, no sabes cuanto he rezado por ello… —aseguró él, abrazándola con fuerza—. He tenido tanto miedo de perderlo…
—Lo sé, pero ya ha pasado, él está bien, se va a recuperar.
—No podía dormir recordando lo que me dijiste antes de que volviera aquí ¿recuerdas? Lo de que éste era un lugar muy peligroso para Yago… tenías razón, mira lo que ha ocurrido… y ahora ya no podéis volver a tu siglo…
—Shhh. No digas nada —susurró, separándose de él para mirarle a los ojos—. Ya había tomado la decisión de quedarme antes de saber que no podíamos regresar. Te quiero y quiero vivir allá donde tú estés.
Marina lo había estado pensando mientras buscaban a Yago. Después de ver el riesgo que sufriera su hijo por reunirse con Diego, ya no pudo ignorar la situación. No tenía ningún sentido estar separados; si para ello tenía que vivir en aquella época... ¡Que Dios la cuidara! Allí se quedaría.
—No más de lo que yo te amo a ti, sirena —murmuró él, con los ojos sospechosamente brillantes—. No más de lo que yo te quiero a ti.
—Por vuestras caras se diría que ese jovencito está mejor —adivinó doña Úrsula desde la puerta. Se arropó con el chal que cubría el camisón antes de entrar con paso majestuoso—. Creo que ya es ocasión de que me expliquéis unas cuantas cosas… y puesto que estamos demasiado excitados para dormir, éste es un buen momento. Pasad, Hernán —invitó a su marido que acababa de llegar—. Llegáis a tiempo para las explicaciones…

Fin

19 comentarios:

AMAIA 14 de diciembre de 2009, 19:26  

Tal como ya te he comentado en alguna ocasión me sige ENCANTANDO todo lo que tiene que ver con esta historia. Vivan Diego y Marina, y ¡Como no! Viva también Yago.

Muxus

Pilar Cabero 14 de diciembre de 2009, 19:28  

¡Muchas gracias, cielo!
A ver si estamos que te echo de menos.
Besitos

jordim 15 de diciembre de 2009, 13:41  

escribes muy bien, sigue en ello. dale duro.

Pilar Cabero 15 de diciembre de 2009, 13:50  

Gracias, Jordim.
Lo intento cada día ;-P ya veremos qué sale.
Besitos

Nieves 15 de diciembre de 2009, 20:27  

La historia de Yago me la tienes que decicar. Ya tengo dos cosas para que me firmes.
A ver esa tercera, que ya tarda.

Un beso fuerte, Pilar.

Pilar Cabero 15 de diciembre de 2009, 21:00  

Ay, Nieves. Estoy metida en la corrección de Asedio al corazón, en cuanto la termine, me pongo con la historia de Clara Izaguirre, pero habrá que esperar un poco.
¡Ah! y me tienes que dedicar los tuyos.
Besitos

Ángeles Ibirika 18 de diciembre de 2009, 9:58  

¡Me ha encantado "intimar" de nuevo con Diego, y saber con exactitud cómo termina la historia ¡jejeje! Ha sido todo un placer, después de haberlo visto un poco madurito (pero igualmente espectacular) junto a Yago, encontrármelo de nuevo como el aguerrido medio-pirata que me robó el corazón.
Gracias, Pilar. No imaginas cuanto he disfrutado con estos capítulos.
Besos, preciosa.

Pilar Cabero 18 de diciembre de 2009, 12:11  

Me alegro mucho, Ángeles.
La verdad es que os lo debía a todas las lectoras.
Ahora ya sabéis lo que ocurrió.
Besitos

May 20 de enero de 2010, 22:37  

Muchas gracias, Pilar. He disfrutado de principio a fin.

Pilar Cabero 20 de enero de 2010, 23:18  

De nada, May.
Hacía tiempo que me los estaban pidiendo.
Besitos

ummo 29 de enero de 2010, 21:03  

No pretendo dar lecciones a nadie ni dármelas de listo, nada más lejos de mi intención. Pero no puedo evitar contar aquí algo que descubrí no hace mucho tiempo acerca del vocablo "solo - sólo", para que tú también conozcas la nueva norma de acentuación que sacó la RAE y que la gran mayoría de escritores, correctores, traductores y periodistas parece ser que desconocen. Y es que, de un tiempo a esta parte, la regla de acentuación ya no es la misma, ya no se acentúa cuando significa "solamente" y se deja sin acentuar cuando se refiere a soledad. Ahora no se acentúa nunca, salvo cuando puede dar lugar a confusión. La nueva norma puedes verla aquí. Lo mismo ocurre con "este/ese/aquel", que también ha cambiado y no le han dado la suficiente difusión.

Bueno, vamos a lo que vamos:
No soy lector de novelas románticas (esa es mi mujer), sino más bien de novelas históricas, al estilo de "Los pilares de la tierra", pero he de decir que el libro me ha gustado mucho. No tiene esas intrigas tan complejas como las de los libros que estoy acostumbrado a leer, pero me ha resultado una lectura muy ligera y fresca, he disfrutado con su lectura y en absoluto se me ha hecho, como me ha pasado hace poco con dos libros que no he sido capaz de terminar (lo cual es muy inusual), pesado.
Me recomendó el libro un amigo y tenía razón, el libro está estupendo, tanto es así que, en vista de que en toda la Comunidad Valenciana no estaba, he solicitado su compra a la biblioteca de mi ciudad, Castellón. Hace poco he visto que lo han pedido a la librería y que esperan recibirlo en breve.
Un consejo: No sé si ya lo tienes pensado o si ya te lo han aconsejado, pero estaría muy bien que sacaras alguna novela más con las aventuras de estos personajes.

Y una última cosa: Quiero darte las gracias por tu cercanía con la gente. Muchos escritores se mantienen inaccesibles a sus lectores y, para comunicarte con ellos has de hacer malabares, con lo fácil que se puede hacer hoy en día. Tú mantienes un blog personalmente y respondes a cada comentario, siendo muy cercana a la gente, lo cual es de agradecer, pues creas un vínculo con los lectores que no suele ser habitual.

Bueno, pues mi enhorabuena por todo.
Un abrazo.

Pilar Cabero 30 de enero de 2010, 12:04  

Hola Ummo,
Muchas gracias por la información. Reconozco que no tenía ni idea del cambio. Voy a darme una vuelta por el RAE para ponerme al día.
Me alegro de que te haya gustado A través del tiempo y sobre todo que lo hayas pedido para la biblioteca de Castellón. Eso hará que lo lean más personas y de eso se trata.
Mi otra novela: Tiempo de hechizos, es la continuación de A través del tiempo.
Puedes ver la sinopsis pinchando en la portada.
Muchas gracias por acercarte por aquí.
Besitos

ummo 30 de enero de 2010, 13:38  

Pues no me había dado cuenta, así que la añado a la cola de lectura.

Muchas gracias.

Pilar Cabero 30 de enero de 2010, 14:07  

Si lo lees, ya me contarás qué te parece.
Besitos

ummo 10 de mayo de 2010, 7:11  

Pues ya me lo he leído. Te respondo aquí por seguir la conversación, aunque esto debería estar en una entrada sobre "Tiempo de hechizos", pero se perdería un poco el hilo de la conversación.

Bueno, pues "Tiempo de hechizos" también lo sugerí a mi Biblioteca y también lo adquirieron y algún lector más has ganado, pues ambos libros ya han sido prestados.
En este, también fue mi mujer la primera prestataria y, como gran consumidora de romanticismo que es, también le gustó mucho. Tanto es así que la vi varios días a falta de unas pocas hojas para terminarlo y cuando le pregunté si no pensaba terminarlo me dijo que le daba pena acabarlo, que lo estaba haciendo durar. Así que recibe de parte de mi mujer su más sincera enhorabuena.

Por lo que a mí respecta y sin ánimo de que te molestes lo más mínimo pero siendo todo lo sincero que presumo de ser, he de decirte que no me ha gustado tanto como el primero. Recuerda que te dije que yo soy lector de novela histórica, no de romántica, y para mi gusto esta novela tiene demasiado romanticismo para mí y le falta el lado histórico y de aventura que tiene "A través del tiempo". Pero aún así, a pesar de no ser mi género preferido, la novela me ha gustado, la he leído sin que me resultara empalagosa, cosa que me ocurre con frecuencia con algunas películas que veo con mi mujer (solo veo algunas películas al ser una actividad compartida, pues al ser la lectura una actividad solitaria no elijo novelas románticas).
Lo dicho, la novela me ha gustado bastante y creo que has hecho un gran trabajo. Sigue así y jamás dejes de escribir.
Un abrazo.

ummo 10 de mayo de 2010, 7:38  

Por cierto, es muy hermoso el sitio en el que vives. He buscado páginas sobre Pasai Donibane y me ha gustado mucho, así que no descarto dejarme caer por ahí algún día. Mi mujer es de Bilbao y vamos allí todas las navidades, así que Pasajes me pilla relativamente cerca.
Otro abrazo.

Pilar Cabero 10 de mayo de 2010, 9:23  

¡¡¡Hola, Hummo!!!
Cuánto me alegro de que a tu mujer le gustase la novela. Por favor, dale un abrazo de mi parte.
Ya me imaginaba que Tiempo de hechizos no sería tan de tu estilo como A través del tiempo. Son diferentes, los protagonistas lo quisieron así.
La mayoría de hombres que han leído las dos, han preferido la primera.
Es estupendo que estén en la biblioteca, así los podrán leer muchos usuarios. Gracias por haberlos pedido.
Sí, vivo en un pueblo encantador. Si venís por aquí, no dejéis de avisarme.
Besitos

Marisa 17 de julio de 2016, 2:44  

Me ha encantado y cuando la he terminado me he quedado con ganas de más, para mi gusto la novela acaba muy de golpe... y le faltan estos maravillosos pasajes para acabar.

Muchas gracias, todos tus libros me han encantado y tengo que conseguir "Tiempo de hechizos" para continuar.

Pilar Cabero 17 de julio de 2016, 22:21  

Hola Marisa,

¡Qué bien que te haya gustado!
En su momento parecía que con estos capítulos se alargaba demasiado. Pero es cierto que podría haber añadido algo más para que no diese la impresión de que el final es tan brusco ;)

Si lees Tiempo de hechizos espero que lo disfrutes tanto como los demás.

Un beso,

Pilar Cabero - escritora

Pilar Cabero - escritora
Bienvenida amable lectora y también a ti, lector, a mi humilde casa. Elige un sitio para sentarte y ponte lo más cómodo posible. Sí, ese de ahí está bien. Deja las prisas fuera y disfruta del momento. Puedes quitarte los zapatos y arrellanarte en el sofá. Si tienes paciencia y esperas un poco, pondré algo de música para ambientar. Espero que pases un rato agradable y siéntete como en tu casa.

Puedes escribirme en: correo
Gracias por tu visita.

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